Algunos contactos históricos entre Budismo e Islam (parte 2)

Sep 9, 2019 | Espiritualidad

Continuando con el escrito anterior, en el que abordábamos algunos contactos históricos entre las tradiciones budista e islámica, proseguiremos ahora estableciendo ciertos paralelismos entre ambos caminos espirituales de conocimiento. Para ello, nos ocuparemos de entrada en la utilización que ambas tradiciones hacen de los nombres con los que designa tanto a Muhammad como al Buda, respectivamente.

El Profeta del islam es merecedor de distintos sobrenombres como el más alabado (Muhammad), el único (wahid), el recolector, el unificador que todo lo reagrupa, sucesor de todos los profetas, último profeta (‘aqib), purificador y guía a la verdadera fe (ta-ha), ser humano perfecto (insan al-kamil), puro y limpio (tahir), agradable y hermosamente fragante (tayyib), príncipe del universo (sayyid), mensajero de Al-lah (rasul), mensajero del Más Compasivo (rasul ar-rahmah), justo y bondadoso que ama y es generoso con todos los hombres (qayyim), perfecto (kamil), el que  despliega paciencia  para con  los que  lo oprimen (muddaththir), el que se envuelve en su capa como lo hizo él en la víspera de su primera revelación (muzammil), vivificador de los corazones muertos, con la luz de la fe (muhyi), el que triunfa en este mundo y en el Más Allá (mansur), el pleno de solicitud para con vosotros (haris ‘alaykum). Son centenares los apelativos de esta índole.

Por su parte, en el marco del budismo, el Buda histórico –Siddharta Gautama–, al igual que el Mensajero del islam, recibe multitud de apelativos laudatorios. Entre las denominaciones que sirven para alabar al Buda histórico, y que expresan sus cualidades trascendentales, tenemos las siguientes: señor (bhagavān), conquistador (jina), valeroso (mahavira), omnisciente (sabbannu), descubridor de la verdad (tathāgata), poseedor de los diez poderes (dasa-bala), aquel que ha agotado todas las impurezas (khīāsavo), muy compasivo (mahā-karuiko), libre de pasión (vita-rago), libre de aversión (vita-doso), libre de ilusión (vita-moho), libre de deseo (vita-tanho), el que percibe la verdad (sacca-dassi), el que percibe el nibbāna (nibbāna-dassi), encarnación del Dhamma (dhamma-kāyo).

Más denominaciones de este tipo son: el que todo lo ve (annadatthudasa), sabio completamente trascendente (sabbabhibhu dhiro), sabio que todo lo vence, arahant (completamente liberado), despierto, bendito, conquistador de Mara, la muerte (maraji), consumado en conocimiento y conducta, el que disipa la oscuridad, dilucidador del significado, dotado con conocimiento y buena conducta (vijjacaranasampanna), glorioso, joya prominente, afortunado, el que otorga la inmortalidad, dios de dioses (devadeva), guía (nayaka), sanador, auxiliador del mundo (lokanatha), rey del dhamma (dhammaraja), pariente del sol, conocedor (iluminado) del mundo (lokavidu), león (del dharma; simha en sánscrito), león de los sakyas (sakyasimha), señor de los sabios (munindra), noble (no por nacimiento sino por sus realizaciones) el de excelente sabiduría (varapañña), el que todo lo trasciende (sabbabhibhu), perfecto en conocimiento y práctica, perfecto, puro (iluminado), radiante (angirasa), pariente del sol (adiccabandhu), Shakyamuni (sabio de los Shakyas), independiente (sayambhu), perfecto, inmaculado [puro en virtudes], sublime, tathagata («el que es así», es decir, que no esconde nada y cuyas acciones se corresponden siempre con sus pensamientos y sentimientos), maestro de los seres divinos y humanos, maestro del mundo (lokagaru), portador de la antorcha de la humanidad (ukkadharo manussanam), maestro absoluto, conquistador invicto, doctor y médico insuperable [dado que su enseñanza o dharma es la medicina que cura de la enfermedad de la ignorancia y el sufrimiento], victorioso en la batalla [contra las pasiones], el que concede el bienestar, el portador del poder (vasavatti), el dotado de gran sabiduría (bhuripañña), honorable, y un largo etcétera.

No obstante, los nombres con que se designa al Buda o a los diferentes budas no sólo se aplican al Buda histórico –siendo los que aparecen comúnmente en los sutras para designarlo–, sino que son extensibles a toda persona que alcance el estado búdico o despertar. Este despertar se refiere, por un lado, al conocimiento de las causas del sufrimiento y a la comprensión de cuál es el camino que conduce más allá del sufrimiento; y, por el otro, a la completa liberación de cualquier tipo de oscurecimiento o impureza mental. Todos estos calificativos se refieren, pues, a características que son universales y definitorias de cualquier individuo que alcance la iluminación o realice su naturaleza búdica. «Buda» no es tan sólo el nombre de una persona, comunidad o secta. El Buda histórico es alguien que realizó el estado búdico, el cual forma parte del potencial espiritual que, en presencia de las condiciones adecuadas, puede desarrollar cualquier ser humano.

También existen nombres referidos a diferentes budas a-históricos o cósmicos, los cuales cobran especial relevancia en la escuela del budismo tántrico o Vajrayana (vehículo indestructible o de diamante) también conocida como Mantrayana (vehículo de los mantras), la cual se practica mayoritariamente en Tíbet, China, Nepal, Bután y Japón.

Existen paralelismos entre algunos nombres de Al-lah (el cual, como sabemos, también es designado con distintos apelativos, dependiendo de sus funciones) y los nombres de determinados budas cósmicos. Por ejemplo, Amitabha, el buda de la luz infinita, que podemos relacionar con el nombre an-Nur, la Luz; Amitayus, el buda de la vida infinita, que es posible vincular con al-Hayy (el Viviente); el Poderoso (al-Aziz), relacionado con un buda llamado Vajrapani, el portador del cetro o vajra, que simboliza la fuerza del estado búdico; los nombres divinos de compasión y misericordia, relacionados con los budas de compasión como Tara verde y Avalokiteshvara y su famoso mantra Om mani padme hum; o el buda de la inteligencia y el discernimiento, Manjushri, que podemos relacionar, por ejemplo, con el nombre divino de al-Hakim, el Sabio.

También es posible apreciar una cierta similitud entre los cien nombres de Al-lah, tanto de misericordia como de rigor, y las llamadas cien deidades del bardo, tanto pacíficas como coléricas, con la salvedad de que estas últimas se subdividen también en deidades masculinas y femeninas, tal como aparecen en el conocido Bardo thodol, cuya traducción literal sería «Liberación a través de la audición en el bardo», aunque en el contexto occidental ha sido traducido como Libro tibetano de los muertos. El término «audición» se refiere al hecho de que este texto es recitado durante 49 días a los difuntos, brindando la posibilidad de liberarse de las ataduras del samsara gracias a las instrucciones contenidas en el libro para reconocer la naturaleza de todo aquello que el fallecido experimenta durante el estado postmortem. Los calificativos de «pacífico» e «iracundo» aluden, respectivamente, a las experiencias de carácter amable o placentero y a las experiencias que causan dolor, desagrado y temor, aunque todas ellas son, desde un punto de vista iluminado, experiencias búdicas. El Bardo Thodol enumera 42 deidades pacíficas y 58 airadas, que representan la pureza última de todos los factores que constituyen la realidad.

Bardo es una palabra tibetana que tiene un significado similar al árabe barzaj, ya que se refiere a un tipo de estado intermedio entre dos situaciones en apariencia distintas. El barzaj denota la unión de dos condiciones opuestas, como el ser y la nada o espíritu y materia; y, según los budistas tibetanos, también existen diferentes tipos de bardo o estado intermedio como, por ejemplo, el estado entre vigilia y sueño, entre meditación y no-meditación o entre nacimiento y muerte.

El budismo tántrico aspira, por medio de un proceso de alquimia interior –o de reconocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad y de la conciencia–, a transformar los venenos de las emociones perturbadoras (ignorancia, odio, orgullo, deseo, envidia, etcétera), así como todas las experiencias que consideramos mundanas, incluidas el sueño, el sexo y la muerte, para transformarlos en situaciones propicias para el desarrollo de la sabiduría. Es evidente que, para poder asimilar realmente el veneno y llevar a cabo esta clase de transmutación, se precisa mucho entrenamiento y preparación interior. Esta es, precisamente, la función que cumple la meditación.

Esto también nos recuerda a Ibn Arabí cuando afirma que no existe rasgo de carácter en el ser humano, ni nombre en la Creación, que no posea una naturaleza noble, puesto que todos ellos se remontan a su raíz última, que es Dios. Es la Ley religiosa o lo que también podemos llamar la «alquimia del amor» la que permite canalizar adecuadamente todos los rasgos –incluso los que consideramos más negativos–, de manera que las personas seamos capaces de utilizar todo aquello que forma parte de nuestra dotación innata de un modo que se corresponda con los designios divinos. Y, cuando son empleados de esa manera, los atributos supuestamente bajos adquieren el rango de nobles y elevados. Por el contrario, si los nobles atributos no son utilizados correctamente se convierten de manera inexorable en rasgos censurables.

Ibn Arabí define en ocasiones la Ley religiosa, al igual que la alquimia, como una ciencia de proporciones –ciencia de la Balanza, como él la denomina–, lo cual quiere decir que cada emoción y estado mental en su justa proporción siempre es positivo, mientras que, si excede su medida, hasta aquello que consideramos positivo puede tornarse negativo. Esto recuerda a Aristóteles cuando escribe en Ética a Nicómaco: «Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo», algo que resulta extensible a todas las situaciones. Así pues, todo es cuestión de la proporción adecuada.

Cuando se aplican con la proporción adecuada y en la medida correcta, hasta los rasgos más negativos recuperan su carácter divino o puro. Por ese motivo, el gran maestro andalusí manifiesta las siguientes palabras, que son toda una muestra de una visión no-dual de la realidad: «Todo en el mundo es elevado, no existe entre las esencias del mundo supremacía alguna […] Nada en el mundo es vil, puesto que toda esencia mundana está ligada a una esencia divina que la conserva. Todo es virtuoso, noble, elevado, no al contrario. Hablamos de noble y vil sólo para entendernos, como se habla corrientemente en la calle». Las palabras anteriores concuerdan con la idea de que los sabios sólo perciben la perfección en todas las cosas y mantienen una visión completamente positiva y pura de la realidad. Eso es, precisamente, a lo que aspiran los practicantes del budismo tántrico.

El budismo tántrico afirma que los diferentes budas representan las cualidades puras de las emociones, los estados mentales y todas las situaciones conflictivas, procesadas a través de la sabiduría y la meditación. Sabiduría significa, en este caso, que uno percibe la ausencia de existencia intrínseca de todos los fenómenos externos e internos, o lo que los budistas denominan «vacuidad» (shunyata), es decir, que objeto y sujeto carecen de una identidad permanente y se hallan sometidos a un proceso de continua transformación. Los sufíes, por su parte, dirían que todo está vacío de un yo permanente con excepción de Dios.

Para poner en práctica el «recuerdo» de las cualidades del estado búdico y transmutar las emociones conflictivas en sabiduría hay que seguir, según el budismo tántrico, un procedimiento pautado de visualización y recitación, en el que, después de comprender la ausencia de existencia independiente del yo y de todos los fenómenos, uno se visualiza a sí mismo como un buda, percibe todos los sonidos como el mantra o el nombre de ese buda y todos sus pensamientos y emociones como productos de la mente iluminada.

Podemos afirmar, sin duda alguna, que la meditación tántrica es un auténtico yoga de la imaginación, ya que recurre por completo a las imágenes y las técnicas de visualización y hace un uso deliberado de multitud de símbolos. La técnica meditativa de la visualización evidencia la función altamente sintética de la facultad de la imaginación, pues en un mismo momento mental, es decir, durante un solo ejercicio de visualización, uno puede representarse, como explicaremos un poco más adelante, símbolos que contienen, en una sola imagen, la totalidad de la enseñanza budista.

ver parte 1 del artículo

Fernando Mora

Estudió filosofía y es traductor y escritor. Desde hace décadas se ha interesado por distintas tradiciones y tecnologías espirituales como el yoga y el budismo. En los últimos años se ha dedicado al estudio del islam y, en especial, de su vertiente mística, el sufismo. Es autor del libro Las enseñanzas de Padmasambhava y el budismo tibetano (Kairós, 1998) e Ibn Arabí: Vida y enseñanzas del gran místico andalusí (Kairós, 2011).

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